Los esclavos: trofeos de triunfadores (II)
Así que cuando abrió la puerta, le pegué un tiro en la boca.
Como la casa se encontraba a más de un kilómetro de la carretera y no había vecinos cerca, no me preocupé lo más mínimo por el ruido de la vieja Llama automática de 9 mm. (me la regaló por seiscientos euros un amiguete que era policía local y decía haberla encontrado en un coche robado).
Entré en la casa y le volé a la mujer la teta derecha cuando trotaba hacia el cuerpo de su marido, al cual le salía humo de la boca.
Acerqué el arma a su coronilla y le descerrajé otro tiro.
Una adolescente gritaba alocadamente corriendo de un lado al otro del salón. Disparé seis veces antes de meterle una bala en la espina dorsal y dejarla tetrapléjica durante los escasos segundos que tardé en apoyarle el cañón en la frente y disparar.
Al hijo lo pillé cuando se disponía a saltar por la ventana de su habitación, se largaba dejando los auriculares por el suelo y la cadena musical encendida. Un tiro entre los omoplatos y otro a bocajarro en la cabeza. Yo no soy de esos paranoicos que se pasan un buen rato con ellos.
Aunque por unos segundos, pensé en metérsela a la hija.
Conocía la casa porque más de una vez había acudido para trabajar: pequeñas chapuzas del hogar que me pagaban con unos miserables euros.
En el despacho del mi bwana, encontré en uno de los cajones treinta y siete mil quinientos ochenta y dos euros.
Me largué a casa, le dije a mi mujer que esa tarde tenía que volver a la fábrica y al marchar, me despedí emocionado de ella y de mis dos hijos: Marta de tres añitos y César de seis.
He de decir que soy un gran aficionado a la fotografía, a la de prensa.
Y con ese dinero, monté un pequeño despacho, un ordenador y una línea telefónica en Zaire y me puse en contacto con las agencias de noticias, como Efe y Reuters. Les ofrecía modelos y motivos fotográficos para la venta a los grandes rotativos mundiales.
Para los aborígenes africanos, actuaba como una de esas ONGs que te encuentras a patadas y decía dedicarme a la humanitaria tarea de desactivar minas.
Con las autoridades, si tienes pasta, no hay ningún problema.
Y claro, procuro ir a los lugares más pobres y deprimidos para asegurarme de que tendré modelos para las agencias de noticias.
Así que cuando he encontrado una región con abundantes campos minados, me pongo en contacto con las agencias, las cuales sea noticia de actualidad o no, siempre se parten el culo corriendo por conseguir la foto de un niño negro mutilado.
Si quieren un video, les pido más dinero, claro.
Los niños caminan felices de ser observados por las cámaras e incluso en el momento en el que sus brazos son arrancados de sus cuerpos por las explosiones, sonríen.
Los fotógrafos también, porque sacarán una pasta de derechos de autor a pesar de darle el porcentaje acordado a la agencia de noticias.
Y así es como he conseguido ser alguien en este mundo. Ser importante y respetado.
La prueba es que tengo ocho esclavos trabajando en mi finca. A éstos, los he liberado del trabajo en los campos minados.
Cuando llegan celebridades y me encargan unos mutilados para fotografiarse con ellos, las invito a mi casa y me tratan con respeto y admiración.
Follarse a las famosas cantantes y actrices, tampoco es para tanto. Son sosas y remilgadas, muchas de ellas tienen un esfínter demasiado estrecho. Al final, acabo tirándome a alguna chica que compro en algún poblado.
En fin, que alguna desventaja tenía que tener esta vida de triunfador.
Pero no la cambiaría por nada.
De lo único que me arrepiento, es de haber perdido tantos años siendo esclavo.
La esclavitud es inevitable cuando hay vencedores.
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¿Habéis visto que no siempre mato a primates? Algunos son casi amigos míos. Amo a este hombre.
Maldita Africa y maldito calor… Me largo a mi oscura y húmeda cueva.
Siempre sangriento: 666.
Iconoclasta.


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