Escucho esas voces que no serán ahogadas

pedro 21 septiembre, 2010 1

Para muchos músicos, la técnica de Benjamin Britten, su amplitud musical, sus simpatías humanas y su habilidad para tratar las formas musicales más tradicionales con frescura y originalidad lo ponen a la cabeza de su generación. La generación de Britten fue la que construyó la música moderna, pero su cabeza era la del más tradicional.

Britten comenzó a componer desde edad muy temprana, y tuvo por maestros a eminencias de la academia inglesa de la composición. En 1941, muy reputado, e inmediatamente tras el estreno de su ópera Paul Bunyan, se retiró a California con su gran amor y compañía de la vida, el tenor Peter Pears. En el retiro había cansancio y temor; en Inglaterra existía el fantasma del reclutamiento y el menosprecio por su homosexualidad. Fue en este retiro cuando Britten y Pears leyeron El Burgo, del poeta inglés George Crabbe y publicado en 1810.

George Crabbe es una figura extraña en la literatura inglesa. Original del pequeño pueblo costero llamado Aldeburgh, del condado de Suffolk (de donde es también Britten). Fue aprendiz de médicos y niño soñador de poemas. Una mujer a la que amó le dijo lo que él ya pensaba, y le obedeció, “escribe en tu vida”. Abandonó la medicina y su mundo de molinos, chozas y caletas para ordenarse capellán. Lord Byron lo admiraba, y dijo de él: “Es el pintor más parco de la naturaleza, pero el mejor”. Escribió hasta el final sobre la vida pastoral en su querido condado de Suffolk. Su poema El Burgo, escrito en coplas heróicas, es una serie de 24 cartas que tratan varios aspectos de la vida en un burgo como el suyo. La carta XXII es la más famosa, cuenta el drama de un pescador llamado Peter Grimes, atormentado por la locura y por sus paisanos. Este fragmento de la obra de George Crabbe fue la que impresionó a Britten de manera tan profunda, el que lo tocó en su auto-exilio y en su amor por su tierra natal. Dijo muchos años después:


En un instante me di cuenta de dos cosas: de que debía escribir una ópera, y de dónde provenía yo.

La carta XXII, la historia de Peter Grimes, cuenta su vida desde su niñez hasta su muerte. Su juventud reluctante y desafiante, su religioso padre y sus enseñanzas, y el dolor de su partida; luego, su vida como pescador y la desgracia de sus aprendices. Siendo él pescador tomó un aprendiz, el que murió en alta mar. En su reemplazo toma un segundo aprendiz, que resulta también muerto en un viaje de pesca. La corte del pueblo lo absuelve, pero la muerte de un tercer aprendiz decide a los jueces a prohibirle su oficio. Peter pasa los días en soledad y en locura en su casa sin poder salir a pescar. Lo visita un niño de existencia incierta. No cree en el muchacho, pero teme por su muerte. Sufre y delira; escapa y lo apresan. Lo condenarán, pero él decide escapar , al mar, mar adentro en su bote. Al terminar la historia Peter Grimes explica su sentimiento de perdición y las visiones de terror que anteceden a su muerte.

La música de la ópera es, aunque fatal, dulce, como la obra de Britten. El libreto es, además de bello y terrible, complejo y fantasmagórico. En la playa, en el pueblo de Aldeburgh, se ha puesto un monumento para honrar a Britten, a Peter Grimes, y a su creador George Crabbe. El monumento es un concha en la que están perforadas las palabras de dolor de Grimes antes de partir a su entierro en el mar:

Escucho esas voces que no serán ahogadas

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Uno de los Interludios de Mar, de la ópera Peter Grimes