Footing

Iconoclasta 20 Julio, 2008 0



¡Anda que no soy veloz!
No corro por deporte.

¡Hop! (salto atlético por encima del capó de un coche y frenazo del conductor).

No voy en elegante carrera porque llego tarde a una cita.
No corro para estar más fibrado.

¡Hop! (filigrana saltarina esquivando al camarero que coloca las sillas en la acera).

― ¡Idiota!

Siento un poco de vergüenza de que la gente se fije en mí admirando mi porte.

No corro con perfecta coordinación por miedo a alguien o a algo. No tengo miedo nunca.

¡Hop! (salto de longitud intentado salvar un tremendo charco de agua. No lo he conseguido por tan solo unos cuantos metros).

― ¡A ver si vamos con cuidado, imbécil!

Es la mujer del pantalón blanco, ahora salpicado de barro. No es cordial la gente en la ciudad.

Corro como una grácil gacela por el simple placer de sentir el viento en mi cara. Aunque tampoco estoy muy seguro de ello.

¡Hop! (salto vertical para superar la altura de un enano. Casi lo consigo; sólo le he pisado la cabeza).

Y no corro por ejercitar el corazón, ni por mejorar mi salud. El humo del cigarro que me cuelga de los labios no me deja respirar bien. Sé que fumar da cáncer y que produce esterilidad, a mí me da igual una cosa y otra, soy prácticamente de lo más degenerado conmigo mismo.
¡Hop! (al saltar por encima del cochecito de bebé, se me ha enganchado el pie en la madre y nos hemos caído los tres. Que gracia).

¿Y si corro por causar admiración? Soy la envidia de los sedentarios.
Lo que más me cuesta es torcer la boca en forma de sonrisa durante la carrera. Sonreír hace parecer al sonriente que es feliz con su sufrimiento, ergo no sufre. Pero padece como un cabrón, porque tengo el croissant dando bandazos en las tripas sin conseguir que baje.

¡Hop! (combinación de tres saltitos para driblar a la vieja con muletas que anda como una araña con sus cuatro patas, las otras cuatro las debe tener escondidas en su abdomen peludo. La vieja cae como caen las vallas en las pistas de atletismo).

Corro para… No lo sé, corro porque no acabo de estar a gusto en el mismo lugar que viví con ella, será que necesito cambiar de aires.

¡Hop! (salto sobre las flores del jardín de un parque, por lo menos son blandas).

― ¡Avisaré a la policía, gamberro!

Los jardineros deberían ser más tolerantes, su trabajo es hermoso. No todos tenemos la suerte de cuidar flores y árboles.

Corro como alma que lleva el diablo. Es romántico escapar del diablo, porque escapar de un dolor no es romántico, es cobarde.
Y ella me ha dejado.

¡Hop! (salto para tocar la rama de un frondoso árbol, no sé de árboles, pero sus hojas de espina, me han hecho daño en los ojos, lo veo todo rojo. Por lo menos no me deslumbra el sol. Sólo quería tocar la rama con la mano, a veces no soy consciente de mi propia fortaleza).

Corro porque la quería por encima de todo y tengo el corazón tan contraído, tan encajado en las entrañas, que necesito moverme para que la sangre circule. Se me ha helado la sangre.
¿La sangre helada es como un trombo que sube a los pulmones? Porque siento que escupo sangre.

Corro a ciegas con los ojos sangrando. Y tal vez sea que en los labios tengo espinas clavadas, por lo menos, el hielo sangriento no ha llegado a un pulmón. Eso es un alivio, los trombos son malos.

¡Hop! (salto como la gallinita ciega, la gallinita que está hecha mierda por el dolor lacerante de que todo ha acabado. Tantos barrenderos y he tenido que pisar una botella rota; pero no duele, cuando duele el alma no duele ninguna parte del cuerpo por mucho que desees cambiar un dolor por otro).

¡Hop! (esta vez no salto, me limpio los ojos de sangre y saco los vidrios clavados en mis pies descalzos, me olvidé las zapatillas de correr. Soy un caso, ella me decía que un día me dejaría la cabeza olvidada. Pero ha sido ella la que se ha olvidado de mí. Hubiera preferido quedarme sin cabeza, sinceramente).

Corro para que se me cansen los pulmones, he gritado tanto su nombre, que no puedo seguir llamándola sin correr el grave riesgo de que me metan en un manicomio. Si uno corre por la calle, es que hace footing, nadie acaba en el manicomio por hacer footing.

¡Hop! (salto de contento porque allí está, es la casa de sus padres; le diré que no me chutaré nunca más, que duele mucho estar sin ella. Aunque me preocupa toda esa sangre que mana de mis pies, se deberían haber obturado los cortes con la porquería que se me ha pegado en las plantas).

Corro y la alcanzo, no es ella… Me duelen los ojos aunque no me sangran, cuesta un montón ver con claridad. Y grita esta mujer cuando la llamo  “Angela”  y le rozo suavemente el hombro para que se gire hacia mí. Grita tanto… Me va a estallar la cabeza.

Correr se ha convertido en una maldición, no quiero correr más, pero si me paro, si descanso, la soledad se abalanzará otra vez encima mío y sentiré como su peso me quita el aire de los pulmones y ni siquiera un chute de heroína me salvará de convertirme en un trozo de carne inerte.

¡Hop! (estoy tan cansado que me he caído al saltar el bordillo. Y se me escapa la risa, me he meado de tanto reír. Es gracioso lo caliente que sale la orina y lo rápida que se enfría cuando ha calado la ropa).

Corro porque no soporto esta quietud sin ella, la vida se ha convertido en una mortaja y correr tras ella, donde quiera que esté es demostrar que estoy vivo. Vivir… el corazón late a pesar de que el cerebro no está por la labor. Ojalá fuera más fácil morir.

¡Hop! El pequeño salto que doy, parece que me arranca la carne sajada de los pies, dan ganas de limpiarse con el sudario. Si me hacen otra jugada como esta, voy a poder participar en las olimpiadas del 2008; es absurdo correr, aunque no más incongruente que estar abandonado entre millones de seres.

Los coches han parado para dejar paso al hombre que hace footing, les debe parecer exótico que corra descalzo. Es la primera vez en lo que va de día que alguien ha sido amable cediendo el paso a un deportista.
Me gustaría tener la visión nítida y sonreírles con agradecimiento mirando sus ojos, pero rehúyen los míos. No sé que clase de espinas serían aquellas, pero me arden los ojos. No tanto como el corazón, es mucho más llevadera la ceguera que la soledad.

¡Hop! (el salto ha sido tan ridículo que no he saltado).

A nadie le importa ya que corra, no causo admiración; como mucho, asco. Y es porque estoy solo, porque me ha dejado, porque la he agotado hasta acabar con toda su capacidad de amor. Soy como un leproso que causa repugnancia y temor. Los abandonados somos gente infecciosa.
No soy capaz de seguir exhibiendo esta sonrisa, me está pulverizando las mandíbulas.

Me pica el brazo; ¡Joder! Mira que soy panoli, no me había acordado de sacarme la jeringuilla del brazo. La vena está fea que te cagas.
Es alucinante lo mucho que escuecen las lágrimas. Se dice que quien llora mucho, poco mea. Pues también es mentira, porque me pesan los pantalones una barbaridad. Si ahora diera un salto, no ganaría ni a la vieja de las muletas, los corredores han de pesar poco.

Estoy reventado, no puedo más, así que vomito aquí mismo, agachado. No es tan amarga la bilis como su abandono. Ni mucho menos.

¡Hop! (mientras acabo de vomitar mis cosas, el autobús parece hacer un triple salto mortal para pasar por encima mío, yo lo veo muy pesado, no creo que pueda conseguirlo; entiendo de estas cosas, entiendo de errores… quiero decir de saltos. Me voy a quedar quieto, para no confundirlo).

¡Hop! (un cuerpo roto da tumbos en la calzada).

Iconoclasta