Coagulando que es gerundio (II)
— ¿Me he de preocupar de que me pueda quedar dormido, doctor? ¿Quiere que le ponga la comida aparte al coágulo? Tal vez así se conservará más tiempo y engordará más rápido.
Cuando te vas a morir y sólo te quedan dos semanas de vida, toda conversación tiende a ser larga, odiosamente larga e infructuosa. Y la verdad cuanto más hablas con los médicos, más se acelera la muerte. Es como si su voz estimulara a los tumores y coágulos a desarrollarse más y más rápido. El médico, a mayor es el tumor, más importancia tiene. Cuestión de proporciones directas, supongo.
Es la última vez que vuelvo, me deprime más él que el coágulo.
De vez en cuando nos encontramos en una plaza en el centro, lejos del barrio, hablamos, nos besamos y pronunciamos confidencias de amantes. Le hago bromas sexuales.
Está mal engañar a la esposa, pero yo no pedí enamorarme de Ester. Y aún quiero a mi esposa. A Ester le pasa igual con su marido. Y aún así, a pesar de tantos engaños, es hermoso como nos amamos. Somos adultos patéticos, adultos usurpando la edad de los jóvenes. Pero no lo hacemos a propósito, no queremos ser jóvenes, amarse es sencillo y fluye como agua mansa con ella. No quisiera volver a ser joven nunca.
Le he escrito un mensaje en el móvil:
“Me muero cariño, tengo el cerebro podrido, te quiero aunque ya no recuerdo tu cara”.
Duele mucho escribir esto y la verdad es que su cara se ha difuminado en mis recuerdos y tengo miedo.
Siento náuseas.
Si hablo con ella, no querré morir y me aferraré a una esperanza que no existe y se multiplicará el dolor por mil, pero para ella.
Encima de estar jodido, uno ha de ser cuidadoso.
En teoría, a partir de ahora, todo segundo que pase, es un poco de tiempo que le he robado a la muerte.
Me despido cada día de mi hijo como si me fuera de viaje. A veces me tiene que repetir que aún no me voy y me seca lágrimas que no sabía que corrieran por mi rostro. Yo creía que sonreía.
A mi mujer le doy las gracias por todo, no sé porque lo hago, no sé… Pero me abraza y me quiere. Y no quiero separarme de ella, hoy no, ni mañana.
Cada día al despertar, me recuerda quienes son, mi cerebro está cada vez más oprimido y si duermo sin pesadillas es porque ni yo mismo me recuerdo.
Cuando despierto, nervioso y desorientado, me dice que es mi esposa, que llevamos viviendo muchos años juntos, y él es mi hijo.
Y poco a poco durante los primeros minutos de la mañana, recupero fragmentos de la vida de alguien.
En mi teléfono hay muchos mensajes de una tal Ester; se debe haber equivocado, seguro.
“¿Por qué no me contestas, Teo?” “¿Qué es eso del cerebro podrido? Ya no me quieres.” “Me estás haciendo mucho daño Teo”
He tirado el teléfono a una papelera, no quiero que mi mujer se crea que le he sido infiel, yo sólo la he amado a ella. Esa mujer se ha equivocado de número.
Yo a lo mío, que me queda poco tiempo. Como diría un médico: coagulando que es gerundio y el movimiento se demuestra no muriendo.
¡Ja! Se me ha olvidado lo que tenía que hacer.
Maldito coágulo, ya no me acordaba de él.
Tengo mucho miedo a dejar de andar, porque cuando me detengo, se me oscurece la visión y me duermo siendo consciente.
La muerte no es tan mala como dicen.
A lo mejor era eso, necesitaba descansar, un poco.
Soy Alicia en el País de los Coágulos Sangrantes.
Le iba a comprar a mi hijo su primera maquinilla de afeitar, pero me ha dicho que no la quiere, que usará la mía. En lugar de sonreírle y abrazarle, me he puesto a llorar. Y he salido a la calle y…
Lo que me faltaba ahora, se me ha roto una venita en la nariz.
Tengo que comprar dos barras de cruasanes y ochocientos gramos de pan, como cada día.
Antes de morir si puede ser.
Que día más bonito…
Joder se me ha cagado la puta palo…
Fin.
Iconoclasta
Tags: cerebro, enfermedad, iconoclasta, literatura, locura, miedo, Paranoias, sarcasmo

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