Mis relatos

Ricardo no pudo reprimir su malestar ante tantas palabras idiotas. El evento había comenzado a las ocho de la noche, pero él y sus amigos llegarían una hora tarde lo que los oblígó a sentarse en la mesa del fondo, donde casi no había luz y parecían excluidos de todo. Cuando empezó la tertulia, Ricardo tuvo la esperanza de escuchar relatos interesantes, conmoverse con unos versos, quien sabe, pasar un rato agradable. Después de leer un montón de textos de caracter empresarial, se le hizo un alvio asistir a un evento literario. Pidieron un par de cervezas. Aunque la mayoría se congregó a las ocho, las lecturas no comenzaron hasta las nueve y media. El lugar era de lo peor, además de una penumbra molesta para Ricardo, de immediato reconoció a un escritor de su ciudad natal. El primero en leer fue un tipo con facha de motociclista, gordo, de barba y  ego desmedido. Era un personaje famoso, sin duda, más de una vez Ricardo escuchó la ennumeración de todos sus logros y tragedias. Había que darle el beneficio, quizá mejoró con el tiempo. Pero después de la primera línea no pudo reprimir el comentario de burla que compartió con Daniela, su amiga más cercana. Ellos habían construido una relación estrecha, cimentada en destrozar la vida de sus semejantes. Eran un complemente excelente, cada uno desempeñaba su función y no cesaba de emprender nuevos proyectos. De alguna manera se dieron cuenta de un talento especial para detectar la mierda en las personas y consideraban un servicio a la humanidad hacer que aquellas personas se reconocieran como tales. Aquel merolico con palm en mano, chamarra de piel y cola de caballo, había sido uno de sus proyectoes especiales. Daniela trabajaba como redactora en una agencia de publicidad, ganaba lo suficiente para mantener una buena imagen además de que le permitía divertirse. Ellos se habían conocido en la universidad, estudiantes brillantes, siempre con la arrogancia suficiente para destacar. Como todos los amigos cercanos habían sido pareja, pero ahora solo eran cómplices que podían acostarse cuando tuvieran ganas. Ricardo se encargaba de editar una revista de circulación interna en la compañia familiar. El gordo recitaba el relato del clásico seductor, lugares comunes y todo los ingredientes de una prosa capaz de provocar las burlas de los asistentes. Le seguiría un intento de poeta y traductora, que escupía versos y esperaba aplausos. Sólo una multitud de borrachos con la esperanza de sentirse parte de un nuevo movimiento literario, del que seguro ya habían escrito  ensayos. Dar más detalles resulta esteril, todos hemos asisitido a esas cosas. Junto con Ricardo y Daniela, llegaron Carlos y Darío, compañeros de trabajo y parrandas de Daniela. Se habían hecho un grupo compacto. (Continuará…)