Seis seis seis: Prólogo y presentación

Iconoclasta 12 octubre, 2007 0

Serie de relatos para adultos, de temática sexual explícita y violencia. Pueden herir y hieren determinadas sensibilidades. Para mí es un cómic, una ficción para adultos. Si eres creyente, o deseas el bien para el prójimo con vehemencia o usas el sexo meramente para la reproducción, no leas esto.

 

 



Marchando con el rostro serio, cansado y con ganas de fatigarme aún más. Mucha tensión acumulada. Las calaveras resecas crujen bajo mis botas y parece que se quejan: “Estamos muertos, no nos pises más”. Y no les hago caso; deben padecer cefalea. Además, supongo que toda esa fragilidad se debe a que no han tomado suficiente calcio en los últimos 90 años.

Afortunadamente no hay un solo rayo de sol, pero sudo copiosamente.

Es esta ira. Y mis párpados están escaldados provocando que fuerce una torva mirada que asusta al viento.

No me asusta la muerte ni los muertos; y en caso de que las cosas se pongan feas me sobra valor para lanzarme a la yugular de la muerte. Cuando me lo propongo, dios llora. Y satanás me da palmadas en la espalda.

Flora Thompson escribió en El vuelo de la alondra: “El toro viejo viene hacia mí, con la cabeza gacha, yo no retrocedí… Fue él quien se retiró”. Si yo hubiera sido el toro le habría seccionado la femoral en milésimas de segundo.

Aunque si me diera la gana podría ejercer la misericordia y no mirar a los humanos como los insectos que son; esas vidas preocupadas y agobiadas por intentar morir rico; en muchos casos sin disfrutar lo ganado. En algunos casos los tarados nacen ricos y disfrutan su sarnosa vida como los emperadores romanos: sodomización tras sodomización.

Marcho con el rostro un poco más alegre; le he pisado la cabeza a una rata y ha crujido, os hubiera dado grima de haber oído ese sonido, aún arrastro un trozo de carne sanguinoliento en la bota. No importa, nunca he sido delicado.

La mano en descomposición sube metros hacia el cielo cuando la elevo de una patada y a media altura le vuelvo a acertar con el pie y me salpica algún líquido venenoso por el tiempo, infeccioso. Me limpio con la camiseta y sigo andando. Hoy no ha sido un día precioso, no me he cansado lo suficiente pero; me han molestado más que de costumbre, me molestan con su existencia. Debo castigar, me da igual quien pague…; no, no me da igual, busco con saña al que ha de pagar. Por eso estoy aquí, para no matarlo rápido, me desahogo en este cementerio de parias. Tengo unos prontos muy malos, desproporcionados.

Dios me lo dijo una vez: “ese odio tuyo hace daño al mundo entero”. Satanás el muy pérfido, me toma por idiota y me dice: “Deberías ser más agresivo” y se aleja un poco de mí cuando me dice esto. Y Satanás soy yo…

Desgraciados.

Lanzo un grito atroz y supongo que alguna venilla de la laringe se ha reventado, porque sale sangre. Y me gusta ser tan macho. Cojo una tibia (debe ser de un crío a juzgar por el tamaño) y doy golpes fuertes y letales a todas las cabezas peladas que veo. Hay una con pelo y me concentro en ella, le acierto en la sien y sale rodando; en plena carrera una bola se desprende siguiendo un curso errático: el único ojo que le quedaba. ¿Será posible que el ojo aún pueda ver como ente individual?

Lo cojo y a pesar de lo mal que huele, me lo acerco para observar a través de la niña pero; sólo hay muerte ahí, no hay viejas esperanzas ni sueños de liberación. Lo hago estallar entre mis dedos con rabia. Como si fueran los ojos de ellos, de él, de ellas. De los que me deben respeto y sumisión porque soy mejor que ellos.

Amor, sí destilo amor por todos los poros de mi cuerpo. El amor es un sentimiento que nace directamente en mis cojones. Me rasco con ganas el tatuaje este de los huevos “666”, el puerco de mi padre me tatuó nada más nacer dice mi madre. Mi madre es otra puerca, la odio.

Me gustaría tener padres para poderlos odiar, a veces divago con románticas ideas.

Pero ahora me siento tan atado al mundo, me siento tan prisionero e infectado por los humores de tanta gente, que necesito desahogarme, liberar toda esta presión es opresivo. Me ahogo.

Un cerezo… En estos momentos me hubiera dado igual que hubiera sido un niño de teta, saco el hacha de mi cintura y lo destrozo con golpes inhumanos, el árbol llora y se parte, el árbol gime y sangra; es extraño. Pero esto mejora y me siento muchísimo mejor.

Se acaba este camino de muerte y salgo a una verde pradera y me siento bien. Aún llevo en la otra mano la tibia. El hacha se ha roto y la he dejado haciendo compañía al árbol caído que bien hubiera podido ser un querubín de los cojones con sus alas manchadas de sangre. Me da igual.

El anciano me saluda, como hacen los caminantes, yo le impacto con la tibia en la frente y muere mirándome con extrañeza.

Ha sido un mal día. Pero nos volveremos a ver.

Iconoclasta