Meridiano de Sangre

Desde el momento en que escribí el nombre de Cormac McCarthy en el artículo anterior comencé a recordar muchas cosas de su libro Meridiano de Sangre. Me alegro de que hayan pasado dos días ya para poder liberarme del embrujo contándoles. Cormac McCarthy es norteamericano, tiene 76 años a la fecha, y forma junto con Don DeLillo y Phillip Roth la tríada de la que se oye mucho como favorita de la gente para la próxima vez que el premio Nobel caiga en Estados Unidos. Sus novelas orbitan el western, pero pasan por el goticismo suñero americano y llegan hasta la ficción apocalíptica.
En Meridiano de Sangre estamos en los territorios entre Estados Unidos y México, de idas de venidas a mediados del siglo XIX. Los indios asedian la franja, destripan niños, violan mujeres, y queman vivos a los valientes. Las autoridades de México y de Texas deciden formar una expedición de mercenarios que limpie la frontera de indios. Este pequeño batallón de brutos desdentados es presidido y nombrado por el ponderado Glanton: el Grupo Glanton. Se une al grupo nuestro protagonista, el Chaval, y lleva por líder espiritual al juez Holden, un ser inteligente y cruel, violento y feliz, un hombre albino y absolutamente calvo de dos metros de altura, piel rosada y sin cejas. Juez de qué? Juez de nada, lo llaman así. Hasta donde se sabe habla cuatro idiomas, baila, toca el violín, viola y asesina niños de ambos sexos y afirma que nunca morirá.
Desatado el Grupo Glanton con un propósito pero en la violencia, ocurre un malentendido en la paga por una decena de cabezas de indios, y el caos y el alcohol los hace arrasar con un poblado mexicano. Desde ahí se convertirán en errantes, mil veces se dispersarán y se unirán; asaltarán fuertes, serán hechos prisioneros perseguidos por las autoridades de un país y otro, destruirán más poblados, violarán más mujeres y siempre siempre estarán en guerra con los tenaces indios, que provienen de un tiempo de antigüedad mística donde la ferocidad indetenible parece una religión.
Con el Grupo Glanton vives mal. Duermes entre animales y orines, comes rara vez y nunca, y por sobre todo, la lucha es salvaje. Cortas cabezas indias para ceñirlas a la banda de tu revólver, lo primero que haces al entrar a un pueblo es dispararle a sheriff si lo vez en la plaza, y mordisqueas armadillos asados con un cuchillo en la mano para defenderte tus compañeros mercenarios únicos hermanos que te quedan en el mundo.
Vagas interminablemente de un pueblo a otro. Disparando la vista paralela al horizonte ves todo el desierto, nunca habías abarcado tanto con el ojo. A pesar de ser un desierto su cielo está nublado, y si ves tan lejos es porque la tierra parece ser cóncava y no convexa; una esfera infinita de grises nubes tormentosas dentro de una esfera de desierto que estás condenado a caminar; se tocan ambas por rayos azules a cientos de kilómetros, inaudibles, apenas raíces azules del subsuelo de arena roja y tormenta.
Tan lejos como el rayo ves cien indios a caballos. Están lejos todavía, a días de distancia, pero te siguen y no se detendrán. No hay palabras para ellos, ninguna explicación vale; te colgarán y te despellejarán vivo, y ni a los ojos los podrás mirar. En las noches perseguidores y perseguidos se detienen en sus trincheras kilométricas de cal y arena. Pero el juez no teme, y cada la noche lo oirás hablando de huesos perdidos en el desierto, de enormes criaturas lentas y heladas que rondaban la tierra hace millones de años, o lo verás levantar un meteorito sobre su cabeza, con sus brazos blancos y fuertes, riendo iluminado de cara al fuego.
Un golpe duro pero mágico. Lo tiene Mondadori en una edición muy bonita. Debolsillo lo tiene esas cómodas ediciones que todos queremos pero que suelen tener traducciones no neutras. También lo tiene editorial Debate, en formato más barato y áspero, pero impecable en contenido.
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