Los esclavos: trofeos de triunfadores
El detector de metales para encontrar las minas anti-personas en los abundantes y resecos campos minados de toda Africa, cuesta unos tres mil euros.
Por ese precio, se pueden comprar hasta diez niños de entre seis y doce años para que las busquen. Esto es algo que los padres entienden y reconocen cuando les pongo en la mano unos cuantos billetes: no se puede comparar la efectividad y el empuje de los niños para encontrar las minas, con el frío bip metálico de un detector.
Ellos las señalan con el palo que con el que les equipo para tantear el terreno (me recuerdan a los perros que levantan la pieza en las cacerías) y le pego un tiro a la mina desde una prudente distancia.
Antes les grito que se protejan los ojos y los oídos.
Si tienes suerte, estos niños te pueden durar hasta un par de semanas. Cuando pierden una pierna o el brazo, simplemente se les cauteriza el muñón con algo muy caliente, les doy un poco de coca cola y en un plazo máximo de veinticuatro horas, ya los tengo caminando por los campos minados.
El niño que más tiempo me duró, fue un macho muy negro de siete años que perdió los dos brazos y una pierna en el espacio de dos semanas; parecía que había nacido con suerte al sobrevivir a tantas explosiones.
Sin embargo, la rama que le di a modo de muleta y en la que apoyaba el muñón del brazo derecho para proseguir con su trabajo, presionó otra mina. Cuando me di cuenta de que la única pierna que le quedaba estaba a diez metros de él, contrayendo los pocos músculos que tenía, pensé que podría montarlo en un carrito y con la boca podría ir tanteando el terreno.
Pero se desangró casi al instante. Dieciséis días es el récord de supervivencia.
Yo les doy un sentido a la vida a todos estos niños. Suelen estar infectados de sida y la enfermedad se los come sin que puedan hacer nada útil para la sociedad.
Los padres se vuelven locos de alegría cuando les ofrezco 100 e incluso 200 euros por cabeza o hijo (los más mayores son más caros). Y eso que saben a lo que me dedico.
¿Cómo acabé aquí? Muy sencillo, nací en Barcelona y desde pequeño me entusiasmaban las historias de romanos y griegos, su pasión por los esclavos. Todo aquel circo montado para que la gente disfrutara de un verdadero reality-show donde hombres se descuartizaban luchando y los leones daban caza a beatos y sectarios cristianos, me fascinaba.
Las sociedades se hacen grandes gracias a la esclavitud.
Todas aquellas lecturas, toda esa admiración por los conquistadores y militares antiguos y clásicos, me hizo ver que los actos de aquellos hombres y mujeres, eran la esencia misma del ser humano.
La esclavitud, siendo conocedor y comprendiendo y respetando al ser humano, es el bien más preciado y lo que verdaderamente nos distingue de los animales.
Egipicios, griegos, romanos, españoles, ingleses, holandeses, portugueses…
Los países de estos individuos triunfaron gracias a la esclavitud.
La esclavitud es el motor del progreso y la cultura.
Yo trabajaba en una fábrica de mierda por menos de mil euros, casi cincuenta horas a la semana. Cuando el dueño de la empresa entraba con su cochazo de mierda, sabía que yo era un esclavo. Lo sabíamos y reconocíamos los dos.
Aquel idiota gordo e inculto, sabía que yo era de su propiedad, me pagaba por hacer un trabajo, el trabajo que él quería.
La sociedad está montada en base a la esclavitud.
Y el esclavo es el trofeo del triunfador.
Ser dueño de un esclavo es lo que marca a un hombre como poderoso y pilar importante de la sociedad.
Trabajador… Y una mierda. El concepto de trabajador u obrero es un eufemismo que han acuñado los esclavos para no pegarse un tiro en la sien al reconocer su fracaso. Su condición de esclavos.
Así que un buen día, al acabar la jornada de la habitual mañana del sábado, llamé a la puerta de la casa de mi amo, en las afueras de la ciudad, y muy cercana a la fábrica.
Los sábados se acercaba a la fábrica y a los esclavos de su confianza nos invitaba a almorzar en el restaurante de camioneros. Se hacía pasar por un tío superguay y luego se largaba bastante colocado de vino malo a su gran casa.
Una cosa es que me apasionen las culturas antiguas, otra cosa es que me pueda gustar ser esclavo.
Dijéramos, por decir lo mínimo, que me molesta mucho ser esclavo.
(continuará)
Iconoclasta
Tags: abuso, esclavitud, guerra, horror, iconoclasta, literatura, maldad, mutilación, negocio, relato, satanismo, Terror

Blog compatible con Dispositivos Móviles.
Comentaristas más activos