Los buenos hijos… Idiotas
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Paseo por la calle tan tranquilo pensando en lo poco que cobro, en lo pobre que soy; fumando, viendo como mi hijo se triplica (una ilusión óptica que responde a su hiperactividad, no se está quieto el muy cabrón) y la dulce voz de mi mujer que le grita que como cruce solo la calle le arrea una hostia.
De frente, veo con horror que se aproxima un matrimonio mayor (de unos sesenta años) y nos saludamos.
-¡Qué hijo tan grande y majo teneís!.- y toda esa mierda.
Mis reflejos fallan y no me da tiempo a drogar y amordazar a mi mujer para que no abra la boca. Y les suelta con toda frialdad:
-¿Cómo están Raúl y Vero?-sus hijos de unos veintitrés y veintisiete años respectivamente.
El padre me mira y calcula:
- Raúl es más grande que tu marido.
Esto es normal que lo digan todos los hombres de mí; es debido a mi espectacular físico, no saben si catalogarme como gordo o espectacularmente ancho, o grande. Muchos hombres sienten envidia de mí y desearían que sus hijos también se me parecieran, sus mujeres prefieren tenerme como esclavo sexual.
Yo digo con toda mi simpatía:
- Pues que bien.
Prosigue la madre:
- Está estudiando económicas, es una cosa mala lo inteligente que es. Ahora es encargado del supermercado porque es un genio de la informática - (¿qué tendrán que ver los cojones para comer trigo?)- y cobra doscientas cincuenta mil pesetas al mes.
No me sale de la polla calcularlo en euros.
Cuando oigo esto se me tensa el cuello y se me hincha una vena en la frente gorda como el dedo corazón. Les hecho un vistazo por encima a estos idiotas: calzan zapatos sintéticos y sus ropas son del corte de rebajas de los hipermercados más tirados y llevan unos relojes digitales de esos de feria. Yo llevo una pluma estilográfica encima que vale cuarenta y cinco mil ptas. Mi reloj sesenta y cinco mil, mi camiseta desgastada es una Liberto de nueve mil y mis bambas son de dieciocho mil. ¿A quién cojones pretender engañar?
Así que traduzco inmediatamente su mentira y calculo que su perfecto hijo, aún siendo encargado no llega ni a las cien mil brutas.
Eso y que lo he visto reponiendo las estanterías, claro.
No es que me importe mucho pero; me jode y me hacen perder tiempo.
Su hijo perfecto, el Raúl, me la va a chupar.
La madre sigue rajando como una muñeca de pilas:
- La niña -(de veintisiete tacos)- está a punto de casarse con el director de una sucursal de la caixa y se han comprado una torre de treinta millones. Es más alta que tú -(se refiere a mi mujer)-, está delgadísima y es guapísima. Es secretaria de dirección de una empresa muy importante.
Me viene una arcada y no vomito porque empujo la comida para abajo con el humo del cigarro.
Otra vez me sobreviene un ataque de envidia ante tanta perfección. En mi mente se dibuja una imagen divina:
La Vero está encima mío penetrada y no veo sus tetas porque se las estoy sobando mientras no cesa de gemir de placer. Lleva un liguero de puta que es lo único que le he dejado puesto porque soy un poco fetichista.
Siempre he sido una persona muy ordinaria y de muy bajos instintos. Aunque soy bastante selectivo y no me quedo con cualquier cosa.
De repente le grito a mi hijo:
-¡No se te ocurra cruzar!.- y salgo corriendo hacia él y me mira sospechando que haya perdido mi cordura porque simplemente le estaba pegando patadas a una lata de cocacola y salpicándose los pantalones recién puestos.
Pero es que no aguanto más tanta mierda.
Mi mujer se despide del matrimonio y yo desde lejos levanto la mano:
- Adiós asquerosos.
Mi mujer sonríe porque sabe lo que me está pasando por la cabeza y no me regaña cuando enciendo el trigésimo cigarro de la mañana.
¿Pero es que sólo yo me tengo que encontrar con tanto idiota?
Maldita sea mi suerte…
Buen sexo.
Iconoclasta
Tags: borregos, cretinos, Humor, iconoclasta, literatura, mentiras, sarcasmo

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