La Pesca de la Trucha en América

Una golosina de pastoral americana, de La pesca de la trucha en América, de Richard Brautigan.
Un Walden Pond para Borrachuzos
El otoño se llevaba consigo el oporto y a la gente que bebía ese vino oscuro y dulzón, gente que desapareció hace tiempo, exceptuándome a mí.
Atentos siempre a la llegada de la policía, bebíamos en el lugar más seguro que supimos encontrar, el parque que había frente a la iglesia.
Había tres álamos en el centro del parque, y una estatua de Benjamin Franklin frente a los árboles. Allí nos sentábamos a beber oporto.
En casa, mi mujer estaba embarazada.
Cuando acababa de trabajar llamaba a casa por teléfono y decía “tardaré un poco en llegar. Voy a echar un trago con algunos amigos”.
Los tres nos apretujábamos en el parque para hablar. Ellos dos eran artistas derrotados de Nueva Orleans, donde pintaban retratos de turistas en Pirate’s Alley.
Ahora, en San Francisco, con el frío otoñal sobre ellos, habían decidido que el futuro sólo ofrecía dos direcciones: o bien abrirían un circo de pulgas o se hacían internar en un manicomio.
Y de eso hablaban mientras bebían vino.
Contaban que la manera de entrenar a las pulgas era hacer que dependiesen de ti para su sustento. Para conseguirlo, había que dejar que se alimentasen de ti a una hora concreta.
Hablaban de construir minúsculas carretillas para las pulgas, mesas de billar, y bicicletas.
Cobrarían cincuenta centavos de entrada para poder ver el circo de pulgas. Seguro que era un negocio con futuro. Quizás consiguiesen incluso salir en el programa de televisión de Ed Sullivan.
Por supuesto, no tenían todavía las pulgas, pero nada más fácil que conseguir un gato blanco.
Y así siguieron hasta que agotaron el tema y entonces fuimos a comprar otro litro de oporto y volvimos a los árboles y a Benjamin Franklin.
Para entonces el ocaso estaba cerca y la tierra empezaba a refrescarse según el procedimiento correcto de la eternidad, y los oficinistas volvían ya como pingüinos desde Montgomery Street. Nos dedicaron un vistazo rápido y para sus adentros pensaron: borrachuzos.
Entonces los dos artistas hablaron de ingresar voluntariamente en un manicomio durante el invierno. Hablaron de lo calentitos que estarían en el manicomio, con televisión, sábanas limpias en camas mullidas, picadillo de carne en salsa con puré de patatas, un baile a la semana con señoritas majaretas, ropa limpia, cuchillas de afeitar de seguridad y encantadoras estudiantes de enfermería.
Sí; desde luego, había futuro en el manicomio. Ningún invierno pasado allí sería totalmente en vano.



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