El probador de condones y la subida del euribor (final)
Publicación para adultos.
Se limpió la vaselina en la camisa, muy contrito él y colocó el culo en pompa apoyando el pecho en el banco de pruebas y abriendo las piernas.
Soy un trabajador nato y no me gusta perder el tiempo, así que no le dije nada cariñoso, ni siquiera le confesé que lo de la Serafina era mentira. He estudiado mucho a los personajes famosos y dinerosos del mundo de la política y economía.
Cuando le penetré, de su boca salió un chirrido irritante: eran los dientes que los apretaba y se deslizaban arrastrándose los unos contra los otros.
Yo tenía en el cajón una mordaza maso con pelota de ping-pong. Desde que vi Pulp Fiction, siempre deseé metérselas en la boca a mis compañeras de trabajo, pero como el Ahmed me estaba dando la vara, se la coloqué mientras estaba distraído clavando las uñas en la mesa presa, seguramente, del placer que le provocaba la estimulación de la próstata y de la cual yo no era sensible gracias al grosor de la pared del condón.
Yo creo que se sintió aliviado.
Las niñas de un colegio que venían de visita para ver las instalaciones, aplaudían entusiasmadas y sus profesoras les explicaban en qué consistía el control de calidad. Una de ellas, la profesora más joven, me miraba con deseo.
Antes de empezar con el cuarto test, liberé la mordaza y le ofrecí un cigarrillo, hinchó un flotador para sentarse en él.
Tenía una erección considerable.
Yo le hice un cumplido de macho a macho.
—No es una ericción, es la próstata que me la has mietido hasta los huevos.
—Pues mejor que se te quede ahí, te queda mucho mejor y le da más volumen al pene.
Le di una palmada en la espalda cuando estaba dándole la tercera calada al cigarro:
—Vamos a por los dos últimos a ver si podemos acabar pronto e ir a tomar una cerveza a la sala de descanso.
Fue más o menos bien, y la sangre por fin dejó de manar de su ano en el quinto. Cuando me corrí con el último condón, tenía el pene tan sudado y mojado de mis propios jugos, que cuando la saqué, el condón se le quedó en el ojete.
No le dije nada, pegué un fuerte tirón de la goma y lo arranqué de allí. Por lo visto se habían enredado los pelos del culo en la superficie antideslizante y lo depilé de una sola sesión.
No gritó porque estaba amordazado, pero la pelota de ping-pong salió disparada de la mordaza de su boca para estrellarse y hacerse añicos contra el cristal de la ventana de la sala de visitas.
Las niñas aplaudieron emocionadas y las profesoras se rascaban el coño con disimulo.
—Oye compañero, ahora espera aquí , que el jefe te traerá un sobre con el plus de peligrosidad en negro, que te lo has ganado. Y no te muevas que el doctor Barrios, vendrá con crema y antiinflamatorios para el esfínter. Yo voy a avisar a la Serafina para el siguiente lote que te he comentado
Ahmed me sonrió y no varió su posición.
Cuando salí del departamento, me encontré con el doctor Barrios que se acercaba con un espéculo enorme.
—¿Cómo ha ido con Ahmed?
—Bien. Ahora está secándose las lágrimas. Si te pregunta por la Serafina, no le hagas ni caso.
Barrios me entregó un sobre cerrado.
—El director me ha dado este sobre para ti. Está agradecido con tu sacrificio en este test.
—Sssstupendo —dije a la vez que mi poderoso cerebro contaba hasta ochocientos euros.
Cuando cerró la puerta del departamento tras de sí, al cabo de unos segundo oí un grito desgarrador . Era Ahmed, el doctor ya le debía de haber encajado el espéculo y en ese momento lo estaría abriendo.
—Tranquilo Ahmed, luego una lavativa y como nuevo —le decía afablemente el Dr. Barrios. Debieron haber conectado el micrófono de la sala por algún error y todo el personal de la fábrica estaba excitado.
Es una mierda la vida, y cuanto menos tienes, menos te dan.
Comprendí el reproche que Zapatero le hizo al director del banco central europeo; los poderosos han de saber engañar al pueblo. La ignorancia de los menesterosos es la herramienta de poder por excelencia.
Al cabo de unos días, me encontré con Ahmed y le regalé una caja de condones con sonajero, especial para sexo con preñadas; los acababa de probar y eran defectuosos. Sus ojos se iluminaron y me invitó a una cerveza y un cigarro.
Y la Serafina me la chupó el resto del día.
Iconoclasta
Tags: abuso, condones, dinero, economía, engaño, Humor, iconoclasta, literatura, pobreza, sexo

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