El Mar de la Serenidad
En la Luna hay un Mar de la Serenidad, dicen que no tiene agua pero; no cuesta apenas esfuerzo imaginar un mar quieto. No cuesta ningún esfuerzo quedar prendido de una superficie quieta e inerte. Esmaltada.
Nos acercamos a la orilla para ver nuestro reflejo en un espejo bruñido en negro, posiblemente una oportuna estrella fugaz dará un toque fantástico al reflejo. Algo eterno.
Y creeremos que no hay nada tan bello como el Mar de la Serenidad.
Le deberían haber titulado el Mar de la Soledad porque estamos abandonados a su espejo, a la profundidad. El reflejo que nos devuelve amplifica la soledad y nos aísla aún más.
Los ojos reflejados buscan algo en el fondo, tratan de atravesar la imagen que nos devuelve el agua. Nos conocemos demasiado bien; no hemos llegado a soñar con un mar sereno para contemplar un rostro harto conocido. Y es tan oscuro el mar de la Serenidad, tan profundo que nos encoge el alma. Nos hace pequeños.
Y seguimos observando el reflejo obviando lo negro porque el miedo ha fijado allí la mirada.
No estamos aquí para padecer nuestra propia ansiedad reflejada. Eso sería lo mismo que volver allí, con todo aquello.
No queremos ser cobardes.
Intentaremos atravesar el reflejo, salir de esa trampa de terciopelo negro y estrellas; atisbar el fondo a millones de kilómetros de la superficie o unos metros más abajo. Donde debe haber algo allí que mantenga el mar sereno, algo fuerte y desmesurado que sujete el agua y sus secretos ocultos. Ahí está nuestro amor, hemos venido por él. No he llegado aquí para ver mi cara, eso es estúpido.
Cobarde…
Y es tan difícil ser valiente aquí…
¿No sabes que el amor es una carga explosiva de profundidad?
Cargas de profundidad en el mar de la Serenidad… ¡Qué preciosidad!
Morir por una explosión de amor. Eso no pasa en nigún otro mar, ningún otro mar es tan peligroso.
Tentador.
El Mar de la Serenidad es el cebo de una trampa del amor. Y está ahí debajo, oculto, en animación suspendida esperando con la misma ansiedad con la que nosotros buscamos. Espera que alguien rompa el hechizo, que alguien deje de mirar su reflejo y contemplar las estrellas. Que irrumpa con su cuerpo en el agua y convierta en un caleidoscopio toda esa superficie tersa. Los amados no son espejismos, precisan besarse, tocarse, penetrarse, lamerse…está allí nuestro amor, a unos metros. Deseando que demostremos un cariño que destruya el miedo atávico a la oscura profundidad insondable, sin temor a ahogarnos. Sin miedo al amor; que no se conformen con observar esa quietud tramposa y plana.
¿Y por qué exige tanto de nosotros el malvado y querido amor?
Amad o iros; esto es una prueba de valor.
Romperé el hechizo de ese mar de la serenidad, no dejaré que siga allí oculta, destrozaré mi reflejo y los astrónomos le cambiarán el nombre por el Mar Agitación.
Ella espera un alarde de amor, no quiere esa mirada dulce (se cansó), está exigiendo manos, está exigiendo la boca. Está exigiendo ser más que el reflejo. Está cansada de espejismos y pensamientos. Su cuerpo precisa ser recorrido, secado, necesita el calor que la serenidad disipó.
Quiere sus pechos presionados por una mano ajena, necesita liberar el agua de su sexo desde dentro, excitado.
Y yo no puedo mirar mi cara por más tiempo, estoy cansado de mí.
Romperé el reflejo con el pie que avanza, admiraré la belleza de ese cielo multifragmentado; me convertiré en el demoledor de la serenidad, me hundiré en ella y hacia ella.
La rodearé con mis brazos y la sacaré de allí, como un héroe; la arrastraré a la violencia del deseo, a la inquietud del amor, al fragor de la respiración agitada.
Ya no hay serenidad, sólo un grito llamándola. La soledad ha virado a la locura.
Destrozaré cualquier asomo de belleza acuática por ella.
Porque la serenidad es ella. Y no quiero que conforte el agua, necesito que conforte mi espíritu. Que de quietud a toda esta ansia. Que sujete mi alma que se retuerce en espasmos de deseos, en masturbaciones de un placer apenas gozado.
No quiero seguir llorando así, solo como un perro en la Luna…
Voy a ti…
Y el agua helada muerde todo mi cuerpo, todo mi organismo se colapsa.
- ¿Lo ves, mi amor? Voy a ti. Cuando me encuentres dile a mi cadáver que me quieres.
Yo se que no llegaré a ella, la suerte está echada.
Ella lo ha querido así, ella ha exigido su sacrificio, y yo estoy ya tan cansado de no tenerla… Que el Mar de la Serenidad acoja mi cuerpo muerto y me hunda hasta sus brazos. A los de ella, a los del amor.
Estará orgullosa de mi valentía…
Iconoclasta
Tags: amor, Amor cabrón, iconoclasta, literatura, pasión, romanticismo

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¡Qué bella entrada! Recuerdo que uno de los momentos más románticos de mi adolescencia fue estar mirando la luna con un telescopio desde el balcón del que más tarde sería mi primer amor, y que él me acariciara como al pasar el cabello y susurrara a mi oído “éste es el Mar de la Serenidad…”.