Desde Paul Auster a Bertran de Born. Poemas bélicos.

Si me perdonan la grosería y el chilenismo diría que está la cagada en el mundo con la salida de la nueva novela de Paul Auster: Invisible. Paul Auster es nortemamericano, nació el 47, ha sido marino de buque petrolero, ghost writer y nochero. Tiene algunos libros que le valieron la fama, la gloria y una fortuna: El Palacio de la Luna (ahora que estamos en esto, os aseguro que algún día lo revisaremos), la Trilogía de Nueva York, y Leviathan. En esta pasada década ha publicado algunas cosas de las que se ha dicho que son sosas y sin valor. Se le daba por perdido. Y ahora, aparece sospechosamente su redención con su recién publicada y traducida novela Invisible. Algunos dicen de ella que es su Crimen y Castigo; cuidado. Pero en fin, otro día nos entretendremos en frivolidades. Hoy les quiero mostrar un bello poema de Bertran De Born que aparece en el mencionado libro y en el que he estado pensando en estos días.
Bertran De Born fue vizconde de Hautefort (Francia), soldado occitano y trovador. Estamos hablando aquí del siglo XXII, nació el año 1240 y murió en 1215. Componía serventesios en su lengua natal, el provençal. Amaba la guerra, y era un maquiavélico cruel. A los hijos de Enrique II de Inglaterra, Enrique el joven y Ricardo, los a uno contra el otro. Al ser muerto el de su bando, Enrique el joven, le fue quitado su castillo. Fue Enrique II, el padre, quien se lo devolvió en virtud de sus bellos poemas , aun después de haber tramado la guerra entre sus hijos. Dante lo condena, por haber divido a la real familia, a vivir escindido eternamente en el canto 28 del Infierno de la Divina Comedia, arrastrando por siempre su cabeza. La versión ilustrada de Gustave Doré lo rescata.

En la novela Invisible, el joven protagonista, miedoso e inseguro, debe tratar con un maquinador como De Born y del mismo apellido. Para agasajarlo y reafirmarse le busca “uno de los poemas más truculentos de De Born”. Consulta su colección de trovadores franceses y encuentra una traducción inglesa sosa e “inepta”, “que no le hace justicia a la extraña y desagradable intensidad del poema”. Busca en la bilbioteca una versión en francés, más cercana al provençal, para trabajar desde ahí. Lo que les transcribo a continuación es, sumando caminos reales y de ficción, el poema original en provençal traducido al francés, rescatado de la bilioteca de la Universidad de Columbia por nuestro protagonista, traducida al inglés por éste, y al español por Benito Gómez Ibáñez para la editorial Anagrama. Con todo, y aunque demasiado lúdica y liberal quizás, es la mejor de entre el puñado que he conseguido ver en internet. Es la más ágil y la más cruel, la más adrenalínica también. Les dejo aquí el serventesio discutido, del que ni siquiera su nombre sé. Puede que no lo tenga, o puede que sea “Be·m platz lo gais temps de pascor”, algo así como “Bien me place el bello tiempo de primavera” (desde un francés elemental y sin saber provençal). Y si algún pacifista me pregunta por qué De Born y la guerra, “Pxxorque amo la paz quiero la guerra” oirá.
Amo el júbilo de la primavera
cuando retoñan hojas y flores,
y me inunda el regocijo de los pájaros cantores
que resuenan por el bosque;
y me deleita la visión de los prados
adornados con tiendas y pabellones;
y grande es mi felicidad
cuando los campos se llenan
de monturas y caballeros acorazados.
Y me emociono al ver a los exploradores
que obligan a hombres y mujeres a huir con sus
pertenencias;
y la felicidad me invade cuando los expulsa
un enjambre de hombres armados;
y mi corazón se remonta
al contemplar el sitio de castillos poderosos
mientras sus murallas ceden y se derrumban
con las tropas agrupadas al borde del foso
y fuertes y sólidas barreras
cercan por todas partes el objetivo.
Y me alborozo asimismo
cuando un barón dirige el asalto,
montado en su caballo, armado y sin miedo,
dando fuerza a sus hombres
mediante su coraje y su valor.
Y así cuando empieza la batalla
hasta el último de ellos está dispuesto
a seguirlo de buen grado,
pues nadie puede ser hombre
hasta haber dado y recibido
golpe tras golpe.
En lo más reñido del combate veremos
mazas, espadas, escudos y yelmos multicolores
hendidos y aplastados,
y hordas de vasallos atacando en todas direcciones
mientras los caballos de muertos y heridos
vagan sin rumbo por el campo de batalla.
Y cuando empieza la lucha
que todo hombre bien nacido piense sólo en romper
cabezas y brazos, pues mejor estar muerto
que vivo y derrotado.
Os digo que comer, beber y dormir
me procura menos que placer que oír el grito
de “A la carga!” en ambos bandos, y escuchar
súplicas de “¡Auxilio! ¡Socorro!”, y ver cómo
los poderosos y los humildes caen juntos
sobre la hierba y en las zanjas, y contemplar cadáveres
con la punta de quebradas lanzas, adornadas de banderines,
asomando por los costados.
Barones, mejor dejad en prenda
vuestros castillos, vuestros pueblos y ciudades,
antes que renunciar a la guerra.


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