La banca de enfrente.

Eran las tres de la tarde. Había camiado varias horas, soporté un calor nunca antes experimentado, todo por perderme y no saber adónde dirigirme para regresar a la casa donde me hospedaba. Entonces me senté en una banca, recuerdo estaba en la via Cola di Rienzo, o no sé si era avenida,  par reposar unos segundos y consultar el mapa para intentar encontrar el camino de regreso. Claro que en esas condiciones, sin haber comido, recordé ese cuento de Moravia, Romulo e Remo, creo, y me pareció imposible encontrarme tan tranquilo, tan miserable en una calle de Roma, cuando al leer aquel cuento, nunca me imaginé vistitar aquella capital. Me acuerdo de la calle porque el día anterior había acompañado a mi hermana y a una de nuestros amigas italianas recorrer todas las tiendas y aprovechar los saldos. Claro que a mi hermana se le iban los ojos en cada tienda a la que entraba, pero ante la escasez de euros, no le quedó más remedio que escoger entre unas cuantas prendas. Yo también compré algunas cosas, pero sigo pensando que la ropa para hombre es igual en todas partes, un par de camisas y corbatas, escogidas por Sandra, nuestra amiga, para que cuando en el trabajo las notaran mis compañeras pudiera decir: “Sí, las compré en Italia”, y así ganar un poco de categoría. Y me acuerdo porque siempre me ha fatigado recorrer un sinfín de tiendas, en las que nisiquiera se tiene claro que se comprará, todo les gusta, todo se prueban y nunca se deciden rápido a comprar algo. Yo en cambio, veo algo, me lo pruebo y lo compro. Así de simple. Por eso ese día me decidí a pasear solo. Estuve listo desde las ocho de la mañana, y no quise esperar a que los demás me acompañaran. Salí a caminar, fui a los museos vaticanos y cuando salí sólo me puse a vagar. (continuará).