Un breve vistazo a la conversión y muerte de Pierre Drieu la Rochelle

Durante el gobierno de Fraçois Mitterand, el primer presidente socialista en Francia desde los tiempos del Frente Popular, la comunidad judía presionaba una petición de perdón del gobierno francés por los crímenes cometidos durante la ocupación nazi en Francia. Mitterand extendió un reconocimiento a las víctimas de la Francia ocupada, pero no pidió perdón. El mensaje detrás es claro: se puede reconocer a las víctimas, pero no al gobierno de ocupación. Pedir perdón es reconocer al gobierno nazi de Vichy, y ese no es un gobierno francés, ese es otro gobierno, otros franceses. En esos colores se pintaba el episodio de la ocupación cuando fue publicada por primera vez la versión íntegra del diario del escritor Pierre Drieu la Rochelle en 1992. Gran escándalo; se descubría por primera vez a Drieu como alguien que creyó honestamente que Hitler y el nazismo serían la salvación de una Europa en decadencia. No era lo suyo una debilidad momentánea como la que atacó a tantos otros simpatizantes que fueron rescatados finalmente por su talento.
Como sus amigos, Rebatet, Céline y Brasillach, ocurrió con Pierre Drieu la Rochelle que abrazó el nazismo, se sumó al colaboracionismo, y fue llevado al paredón intelectual. Se baten en él su grandeza intelectual y su “abyección ideológica de hombre equivocado”.
Hombre de existencia fugaz, pero de larga duración. Hay consenso entre sus conocidos en que era un mujeriego, un pequeño burgués educado, mundano y seductor. Soldado de la primera guerra. Amigo y cercano del dadaísmo y del surrealismo. Pensaba en una Europa nueva; qué Europa? una Europa socialista. El giro comunista de su generación lo movió a él, en cambio, al nihilismo, al culto al cuerpo, a la adoración de la Edad Media y a la devoción a un líder capaz de conducir a un pueblo. “Qué diferencia hay entre mussolinismo, hitlerismo y estalinismo? Ninguna. El maquiavelismo más vulgar. Y, sin embargo, ahí está la renovación de la vida humana”. Tal es la clave de su nazismo. Tras la ocupación fue nombrado director de la Nouvelle Revue Française, convirtiéndose en el personaje de la vida cultural de la Francia ocupada.
Después de la liberación de París en 1944, Drieu buscó escondite, ayudado por su antiguo amigo André Malroux, escritor y comandante de una unidad de tanques de los ejércitos antifacistas de Francia Libre. Se suicidó en marzo de 1945, tras algunos intentos fallidos, y (creo en realidad) luego de haber pensado toda la vida en ello. Violento de carácter, enemigo de todos, seductor, solitario, disconforme; y finalmente, dentro de todo, valiente de piquero a la perdición.
“Juzguen, como dicen, ya que son jueces o jurados. Me he puesto entre sus manos, convencido de que escaparé, fuera del momento, en el tiempo. Pero, por ahora, júzguenme plenamente… Sean fieles al orgullo de la Resistencia, como yo soy fiel al orgullo de la Colaboración. No hagan trampa, pues yo tampoco hago trampa. Condénenme a la pena capital…”
“Sí, soy un traidor. Sí, he practicado inteligencia con el enemigo… No soy sólo un francés, soy un europeo. Ustedes también, aunque no lo saben, o aun sabiéndolo… Pero nosotros jugamos. Yo perdí. Reclamo la muerte.”
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