Encuentro con Joseph Conrad
El primer tema común a todas las novelas de Joseph Conrad es la aventura. La misma vida de Conrad es conocida y recordada, entre quienes han sentido curiosidad tras la lectura de alguna de sus obras, por la consistencia aventurera entre su historia personal y sus ficciones. Nacido en un pueblo polaco (ahora ucraniano), quedó huérfano a los 11 y a los 16 se fue a Marsella para iniciar su carrera de marinero. Dos décadas navegó; conoció todos los continentes. Recibió balas en su pecho, vivió terribles amores, penetró en países explosivos, cruzó selvas. Recibió la nacionalidad inglesa y finalmente ahí desembarcó para siempre.
Yo he pensado algunas veces en Joseph Conrad, y me he interesado lo suficiente para buscar datos como los que dibujan lo que rápidamente pinto en el párrafo anterior. Por eso, leí con alegría y cariño un fragmento que me reveló otra cara de esta historia de aventura. La historia es la del encuentro de André Gide (francés, nóbel de literatura en 1947) con Joseph Conrad, en su casa en Capel, Inglaterra. Este encuentro prologa una versión de la novela “El duelo” de la editorial NEED que tengo aquí conmigo, quizás como compensación por un pésimo trabajo de traducción.
André Gide había leído algunas cosas de Conrad, aun desconocido en Inglaterra y en Francia (y en todos los demás lugares), por recomendación de Paul Claudel. “Tomé nota de alguno títulos, ninguno había sido aun traducido al francés, pero los conseguí. Al primer contacto quedé conquistado.”, anotó después. “Poco tiempo después , viajando por Inglaterra tuve ocasión de entrar en relación con el autor”. De este primer contacto con el retirado marinero y escritor transcribo aquí algunos cortos pasajes.
“A él no le gustaba hablar de su pasado; una especia de hostilidad hacia sí mismo le impedía hacer confidencias. Los recuerdos de su vida de marino sólo le parecían material sobre el que trabajar. Su arte le obligaba a transponerlos y a despersonalizarlos tanto en las novelas como en la conversación.No era pues de extrañar que Conrad resultase ser torpe e inhábil en el relato directo, y sólo en la ficción se sintiese plenamente seguro. La mar era para él como una antigua amante abandonada, de la que solamente un grabado, la imagen de un soberbio velero en la antesala de Capel House, evocaba el nostálgico recuerdo. - No mire eso - me dijo llevándome al salón cuando contemplaba aquel símbolo de sus primeros amores.”
“Nada tan amable, tan puro y tan viril como su risa; nada tan ingenuo como su mirada ni tan cordial como su voz. Mas, como el mar en calma, se le sentía capaz de violentas pasiones, de tempestades. Pese a su insaciable curiosidad por los repliegues tenebrosos del alma humana, detestaba cuanto en el hombre pudiera haber de solapado y vil. Y creo que lo que más amaba yo de él, era su innata, áspera, y un poco desesperanzada nobleza, la misma que él presta a Lord Jim, y que hace de ese libro uno de los más bellos de cuantos conozco, y de los más tristes también, aunque uno de los más enaltecedores”
Queda hasta aquí el préstamo a Gide, con la esperanza de haber dado nuevamente (desde el día en que encontré este prólogo) el salto desde el marino a la persona de Conrad. Una persona humilde y sabia, noble y querida.
Tags: autores, País:Inglaterra, País:Polonia

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