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Laberintos complejos y laberintos simples


Los dos reyes y los dos laberintos (J.L.Borges)

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó a construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. Luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribo sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: “Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que veden el paso.” Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y de sed. La gloria sea con aquel que no muere.

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La Guerra de los Laberintos


Cuenta el Mahabharata, epopeya Hindú que es la mitad del universo, la historia de una lucha familiar eterna que se perdió en un laberinto insalvable en una guerra de laberintos.

Entre los Kaurava, descendientes del antiguo rey Kuru del triángulo de Thaneshwar, el clan de los hermanos Pandava, hijos de Pandú de la sangre del rey, fue exiliado por 13 años en un juego de dados cargados. A su retorno fue Duryodhana, el más viejo de los antiguos Kaurava quien les negó la restauración de sus tronos y los empujó a la guerra. La guerra de Kurukshetra, la guerra entre los Kaurava y el clan Pandava de los Kaurava.

De toda la India las familias reales se unieron a un bando u otro. Yudhisthira el más viejo de los Pandava invocó, y siete ejércitos respondieron desde el mar y la montaña. Los siete comandantes de los siete ejércitos eligieron a Dhristadyumna para que los guiara por entre las formaciones de los Kaurava. Trece ejércitos caminaron junto a los ríos de India para llegar junto a Duryodhana de los Kaurava, quien pidió al joven Bishma que guiara el ataque contra los Pandava. Este aceptó, con la condición de que, aun cuando se peleara fieramente y con sinceridad, no se hiriera a los hermanos herederos de Pandú.

Por santo se eligió el Kurukshetra, el campo de los Kurus, como sitio de la lid, pensando que su santidad borraría cualquier atrocidad que debiesen cometer.

Los Kaurava formaron a sus ejércitos en laberintos, de los que se decía que sólo podían ser rotos por quien supiera guiar un ejército hasta su interior y luego a salvo su salida. Distintas combinaciones intentó el ejército Kaurava sin éxito; corrían las legiones Pandava guiadas con inteligencia hasta el centro del laberinto de soldados y salían incólumes.

Intentó un comandate Kaurava llamado Dronacharya un último laberinto que había confiado únicamente a una mujer, y esperaba que por desconocido nadie pudiera resolverlo. Formaron los Kaurava el loto floreciente que Dronacharya les dibujó, y tanta suerte tuvieron los Pandava que uno de ellos, Abhimanyo, lo reconoció, pues era su madre la única mujer a quien Dronacharya había confiado el perfecto diseño. Buscó Abhimanyo en su memoria hasta el vientre de su madre, cuando oía por ésta lo que Dronacharya a ella le contaba; pero tan dulce era la figura del loto descrito esa noche, que la mujer sólo alcanzó a oír la forma de entrar en él, y se durmió sin saber como salir. Y fue en ese lejano recuerdo de su estadía en el vientre de su madre que supo Abhimayano que podía guiar al ejercito Pandava hasta el centro del laberinto de soldados, pero que nadie podría sacarlos. Todos, menos los cinco herederos de Pandú, cederían bajo la santidad del campo elegido para dibujar los laberintos. Y fue en ese recuerdo del vientre de su madre, que supo que en ese campo moriría.

Abhimayano guiando a los Pandava al centro del laberinto sin conocer su salida.

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La Pesca de la Trucha en América


Una golosina de pastoral americana, de La pesca de la trucha en América, de Richard Brautigan. 

Un Walden Pond para Borrachuzos

El otoño se llevaba consigo el oporto y a la gente que bebía ese vino oscuro y dulzón, gente que desapareció hace tiempo, exceptuándome a mí.
Atentos siempre a la llegada de la policía, bebíamos en el lugar más seguro que supimos encontrar, el parque que había frente a la iglesia.
Había tres álamos en el centro del parque, y una estatua de Benjamin Franklin frente a los árboles. Allí nos sentábamos a beber oporto.
En casa, mi mujer estaba embarazada.
Cuando acababa de trabajar llamaba a casa por teléfono y decía “tardaré un poco en llegar. Voy a echar un trago con algunos amigos”.
Los tres nos apretujábamos en el parque para hablar. Ellos dos eran artistas derrotados de Nueva Orleans, donde pintaban retratos de turistas en Pirate’s Alley.
Ahora, en San Francisco, con el frío otoñal sobre ellos, habían decidido que el futuro sólo ofrecía dos direcciones: o bien abrirían un circo de pulgas o se hacían internar en un manicomio.
Y de eso hablaban mientras bebían vino.
Contaban que la manera de entrenar a las pulgas era hacer que dependiesen de ti para su sustento. Para conseguirlo, había que dejar que se alimentasen de ti a una hora concreta.
Hablaban de construir minúsculas carretillas para las pulgas, mesas de billar, y bicicletas.
Cobrarían cincuenta centavos de entrada para poder ver el circo de pulgas. Seguro que era un negocio con futuro. Quizás consiguiesen incluso salir en el programa de televisión de Ed Sullivan.
Por supuesto, no tenían todavía las pulgas, pero nada más fácil que conseguir un gato blanco.
Y así siguieron hasta que agotaron el tema y entonces fuimos a comprar otro litro de oporto y volvimos a los árboles y a Benjamin Franklin.
Para entonces el ocaso estaba cerca y la tierra empezaba a refrescarse según el procedimiento correcto de la eternidad, y los oficinistas volvían ya como pingüinos desde Montgomery Street. Nos dedicaron un vistazo rápido y para sus adentros pensaron: borrachuzos.
Entonces los dos artistas hablaron de ingresar voluntariamente en un manicomio durante el invierno. Hablaron de lo calentitos que estarían en el manicomio, con televisión, sábanas limpias en camas mullidas, picadillo de carne en salsa con puré de patatas, un baile a la semana con señoritas majaretas, ropa limpia, cuchillas de afeitar de seguridad y encantadoras estudiantes de enfermería.
Sí; desde luego, había futuro en el manicomio. Ningún invierno pasado allí sería totalmente en vano.

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Babi Yar, Parte 2.


No existía monumento en Babi Yar en la época del poeta Yevtushenko - No existe monumento en Babi Yar. Sólo la agria ladera. Y tengo miedo.- pero ahora sí lo hay. Corona la agria ladera e infunde temor. Al caminar la suave hondura para acercarme al monumento iba creciendo la potencia del instante; respiraba hondo y me temblaban las piernas. Durante años había pensado en ese barranco y había vivido de alguna forma el momento. En la grandeza de la visita material en la escena ya no había nada que pensar, pero un tipo de fiebre homigueaba en mi brazos, en mis piernas y ligeros espasmos me sacudían. Tanto había perseguido ese sitio; ahora lo tenía ahí y mi corazón galopaba desatado frente a la única y última oportunidad de asir algo que no sabía todavía qué era. La historia, otra gente, la fuerza que comanda al mundo, la fuerza de un hecho como miles otros y la magia que lo proyecta lejos tan lejos. Se acababa el tiempo. Alcanzo el monumento, doy la vuelta para examinar la distancia andada y veo por primera vez el cuadro de la ladera agria y nevada, los árboles que la cubren y el promontorio del monumento frente al que estoy. Giro de nuevo para ver bien la estatua y decido que no importa; recibo algo, no recibo nada, hay potencia, no hay nada, que se acabe el tiempo, que se pierda el instante, que se funda todo, que no exista la diferencia; no mirar más a los hombres de hierro que recrean los gritos de muerte, o tocarlos; todo igual. Estiro mi mano para acabar con las posibilidades y toco con mi palma el gigantesco y metálico talón de una mujer que sujeta en brazos a un niño. Descubro algo. De entre los dedos de su pie derecho saco un papel doblado que contiene una oración.

Conjuro de Redención

 

 Aparta Señor Tus ojos de mí,
elige a otro,
santifica otra tierra,
perdona a mis padres
y rompe la alianza.

 

Desfigura mi rostro,
piérdeme.
Incumple Tu promesa,
abandóname.
Entrégame a mi enemigo
para unirme a él
y compartir su suerte;
entrégame a los hombres
para vivir y morir con ellos.

 

Quítame el pan.
Borra mis fronteras,
haz del mundo mi patria.
Destruye mis armas
y derrumba mis templos.
Despídeme de Tus reyes,
y de Tus profetas.
Adiós.
Amén.

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Sin Cuartel


En mi canción favorita de Led Zeppelin emisarios cruzan los campos, caminan por noches en silencio sobre la nieve esquivando jaurías y superando trincheras. Caminan con la muerte para traernos nuevas. Traen noticias que deben pasar; todo depende de ello. No darán cuartel ni tampoco lo pedirán, porque si las nuevas no atraviesan las líneas ya nada importará.

Sin Cuartel (No Quarter - John Paul Jones, Jimmy Page & Robert Plant)

Cierra la puerta y apaga la luz al entrar.
No, esta noche no vendrán,
la nieve cae duro, no ves?
Los vientos soplan oro otra vez.
Portan el acero de brillo y verdad,
llevan noticias que deben llegar.

Eligen el camino al que nadie va.
No dan cuartel.

Caminan junto a la muerte,
burla en cada paso su suerte.
La nieve sus pasos devuelve,
los dogos de la perdición los sienten.

Traen noticas que deben pasar.
Portan un sueño para ti y para mí.

Eligen el camino al que nadie va.
No dan cuartel,
ni  lo piden.

El dolor sin cuartel,
no los hace rogar.
Adelante! Sin cuartel!
No lo necesitarán.
Los dogos de la perdición aúllan más.
Me sienten y los escucho aullar más.

 

Filípides en Atenas con las nuevas desde Maratón: Nenikékamen!, hemos vencido… hemos vencido.

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Babi Yar


 

En junio del año 1941 los Nazis comenzaron la invasión a la Unión Soviética, y el 19 septiembre de ese año tomaron Kiev, capital de Ucrania. El 19 de septiembre, en respuesta a los persistentes ataques de guerrilla contra las tropas alemanas, el gobernador de la ciudad de Kiev, el mayor general Friedrich-Georg Eberhardt, ideó un gesto represalia. El 26 de septiembre apareció en los postes un bando que leía:

Judíos de la ciudad de Kiev y alrededores! El lunes 29 de septiembre deberán presentarse a las 8:00 am con sus posesiones, dinero, documentos, valores y ropa de abrigo en la calle Dorogositskaya, junto al cementerio judío. El incumplimiento de este mandato será castigado con la muerte.

A la hora señalada del día dictado llegaron 33.000 judíos con sus muebles, maletas, baúles, carpetas y abrigos. Agentes de la SS les ordenaron desnudarse y los encaminaron a un barranco llamado Babi Yar al final de la calle del encuentro. En ese barranco los acribillaron, y nunca murieron tantos judíos juntos de una sola vez en toda la guerra.

En la Unión Soviética nunca fueron muy queridos los judíos; en los libros de historia posteriores a la segunda guerra se leía que los campos de concentración alemanes albergaban prisioneros soviéticos y aliados. Aprovechando el deshielo de Krushchev el poeta Yevgueni Yevtushenko escribió su poema más famoso, que se llamó Babi Yar. Yevtushenko no era judío, pero era de los pocos que se atrevían a la empatía en la era de las denuncias. En la familia de su padre tenía bisabuelos fusilados por tramar el asesinato del Zar Alejando II, y por el lado de su madre heredó las vejaciones que estaban destinadas a los rusos de ascendencia tártara; ciudadanos campechanos y brutos, ignorantes mongoloides venidos de los rincones del imperio. Así es que por empatía y quizás por temeridad el poeta Yevtushenko escribió Babi Yar y alumbró el barranco para la consideración.

El año 1961 se publicó el poema Babi Yar. El año 1962 ya estaba bajo el escrutinio de la censura cuando Shostakovich decide hacer del poema una sinfonía, la 13ra. Cómo entender los motivos de Shostakovich. La figura de  Shostakovich es la más enigmática del periodo soviético para mí; tantas veces he escuchado su música; de verdad la amo, me infunde ideas y carga con el peso de la trascendencia y de la historia. Revolucionario militante, creyente fervoroso de la victoria de su madre Rusia, desencantado, conciliador, artista provocador, funcionario discreto, héroe, valiente y cobarde, amado y odiado por sus compatriotas. Con la vida ya ganada y aun en vista de la condena en gesta se decide a escribir una sinfonía para el poema, la 13ra sinfonía Shostakovich, Babi Yar. Qué le ocurrió? Qué lo invitó? La prensa oficial lo denostaba: compositor de salón, moralista, madame. Nuestro amigo respondía:

No entiendo a qué llaman moralista. La moralidad es la gemela de la conciencia. Y es porque Yevtushenko escribe sobre conciencia que Dios le otorga sus dones. Cada mañana, en vez de rezar mis plegarias, leo - más bien recito de memoria - los poemas de Yevtushenko. Babi Yar es conciencia, y yo no quiero ser privado de la conciencia, pues perderla es perderme.

Shostakovich, el fantasma ambiguo e intocable del aparato soviético, no fue apresado, pero el día del estreno de la sinfonía agentes del partido ingresaron al teatro y desmantelaron los micrófonos y las cámaras de televisión. Los miembros del coro, razonablemente aterrados, comenzaron a arroparse sobre el escenario; se iban. La audiencia reunida comenzaba a ponerse de pie para huir discretamente. Miraban los temerosos la butaca contigua esperando encontrar absolutos desconocidos. Todo estaba arruinado cuando el poeta Yevtushenko ahí presente dio un sentido pero lento sermón en voz baja a los espectadores y al coro. Aun quedaban personas de pie cuando comenzó el primer movimiento, y al terminar éste se escucharon algunos aplausos tímidos. Sufrieron los músicos y los oyentes toda la sinfonía hasta el último, el 5to y más precioso movimiento…

…el pedal bajo de un órgano mantiene un Si bemol, mientras dos flautas abren con un dueto pastoral que produce musicalmente el efecto que acompaña al primer rayo de sol que cruza una nube de tormentos.

El escultor Neizvestny recuerda de ese día:

Fue apoteósico. Todos supimos que algo increíble había sucedido; no hubieron aplausos al terminar, sólo una extraña y muy larga pausa. Tan larga fue que pensé primero en una conspiración, miré a mi alrededor buscando miembros del partido pero sólo vi compatriotas orgullosos. Tras un silencio majestuoso y digno todos rompimos en llantos y palmas, y muchos valientes gritaron “Bravo!”

Al comenzar el último movimiento de la 13ra sinfonía siento también yo mismo un rayo, y todo se mueve buscando un llanto, una alegría, un Hurra! y las caras de la gente que también lo sabe. Sigue el 5to movimiento y un extracto del poema de Yevtushenko.

No existe monumento en Babi Yar;
sólo la agria ladera. Y tengo miedo.
Hoy me siento un judío en el desierto
que de Egipto escapó. Me crucifican
y mis manos conservan los estigmas.
Me parece ser Dreyfus, condenado,
al que juzgan, escupen, encarcelan;
pero de pie resiste la calumnia
y el grito filisteo. Con la punta
de sus sombrillas en mi rostro vejan
mi indefensión mujeres que se acercan
con vestidos de encaje de Bruselas.

 

O también soy un niño en Bielostok.
De pronto estalla el pogromo.
La sangre derramada cubre el suelo.
Los que huelen a vodka y a cebolla
salen de la taberna y gritan todos:

 

“Mata judíos: salvarás a Rusia”.
Un tendero se ensaña con mi madre.
Otro hombre me patea. En vano rezo
plegarias que se pierden en la nada.

 

Me siento dentro
de la piel de Anna Frank que es transparente
como un ramo de abril.
No hacen falta palabras. Siento amor
y sólo necesito que uno a otra
nos miremos de frente.
Separados del cielo y el follaje.

 

Solamente podemos abrazarnos
en este cuarto a oscuras.
Quiero besarte una vez más, acércate.
Ya vienen. Nada temas: el rumor
es de la primavera que se anuncia
y del témpano roto en el deshielo.

 

Y en torno a Babi Yar suena la hierba
que ha crecido salvaje desde entonces.
Los árboles nos juzgan. Todo grita
pero el grito está hecho de silencio.
Al descubrirme observo mi cabello.
También ha encanecido. También grito
por los miles de muertos inocentes
masacrados aquí. En cada anciano
y en cada niño al que mataron muero.

 

Pueblo ruso, mi pueblo: te conozco.
Tú no odias ni razas ni naciones.
Manos viles trataron de infamarte
al usurpar tu nombre y al llamarse
“Unión del Pueblo Ruso”. No perdono.
Que La Internacional llene los aires
cuando el último
antisemita yazga bajo la tierra.
No soy judío. Como si lo fuera,
me odian todos aquéllos.
Por su odio
soy y seré un verdadero ruso.

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A Judas


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